“La ciencia contemporánea nos ha enseñado que la Tierra es un sistema dinámico e interconectado. Al hablar de terremotos, el enfoque tradicional se centra en la tectónica de placas: el movimiento de los fragmentos de la litosfera, impulsado por la convección del manto, que acumula tensiones hasta liberarlas de forma abrupta”.
Lo destaca el jefe del Departamento de Divulgación Científica de la Fundación Centro de Investigaciones de Astronomía y Tecnologías Aplicadas “Francisco J. Duarte” (Cidata), el M. Sc. Ángel Díaz.
Añade que, este modelo explica con éxito la distribución de la sismicidad; sin embargo, se suele pasar por alto que la Tierra es, ante todo, un planeta rocoso en el sistema solar. Que su comportamiento sísmico no ocurre en el vacío; es la consecuencia de su historia de formación y su incesante interacción con las fuerzas gravitacionales del cosmos.
“Desde el CIDATA, proponemos analizar los sismos desde esta perspectiva astronómica. La sismicidad, aunque impulsada por procesos internos, es una manifestación de la vida de un planeta en constante interacción con el Sol, la Luna y su entorno. Para comprenderlo, debemos viajar desde su origen como cuerpo diferenciado hasta las sutiles influencias de las mareas y los ‘bamboleos’ de su rotación”.
Una mirada al pasado de la Tierra
Ángel Díaz echa una mirada hacia atrás y comenta que la Tierra se forma a partir del disco protoplanetario que rodeaba al joven Sol. Que, durante sus primeros millones de años, un proceso crucial sella su destino geológico: la diferenciación planetaria; que el calor de las colisiones, la compresión gravitacional y la desintegración radiactiva fundieron gran parte de su masa.
“En este océano primigenio, los elementos pesados, hierro y níquel, se hundieron para formar el núcleo, mientras que los silicatos ligeros ascendieron para crear el manto y la corteza, conformando así la estructura en capas que hace posible la tectónica de placas. El núcleo terrestre, con su parte interna sólida y externa líquida, no solo genera nuestro campo magnético, sino que es el motor térmico que impulsa la convección del manto”.
Díaz explica que, esta es una característica distintiva de la posición de la Tierra en el sistema solar, añadiendo que, planetas como Júpiter o Neptuno, gigantes gaseosos, carecen de una estructura rocosa con manto convectivo; que son mundos de fluidos donde los terremotos, en el sentido terrestre, no existen. “Nuestra sismicidad es el legado directo de habernos formado a la distancia justa del Sol para albergar esta composición específica y conservar el calor interno”.
Interacción Sol-Tierra-Luna
Ángel Díaz señala que, un factor que también debe ser tomado en cuenta es la interacción Sol-Tierra-Luna a través de las mareas, ya que la atracción gravitacional deforma los océanos, pero este efecto también actúa sobre la Tierra sólida.
Dice que, las llamadas “mareas terrestres” deforman la corteza entre 30 y 55 centímetros dos veces al día, y aunque estos esfuerzos de compresión y tensión son minúsculos comparados con las fuerzas tectónicas, la evidencia científica indica que pueden influir en la ocurrencia de sismos cuando una falla se encuentra en un estado de estrés crítico, al borde de la ruptura.
“Estudios muestran correlaciones significativas entre las fases de estas mareas y ciertos terremotos. Los de tipo inverso (por compresión) son más frecuentes durante la pleamar (mayor carga gravitacional); mientras que los normales (por extensión) tienden a ocurrir en la bajamar. Las mareas no generan la energía, esta proviene de la tectónica, pero actúan como el detonante que marca el momento preciso de la liberación”.
Díaz destaca que, se debe reconocer que la Tierra presenta movimientos complejos. Más allá de la rotación y traslación, experimenta precesión, nutación y el Bamboleo de Chandler (un ciclo de 435 días por la distribución no homogénea de la masa).
Añade que hay investigaciones que sugieren una sutil relación o resonancia entre la liberación de energía sísmica y este “bamboleo” polar, revelando que la rotación y la geodinámica forman un único sistema dinámico.
“La sismicidad comparada refuerza este principio universal. Datos de la misión InSight en Marte, por ejemplo, vincularon los movimientos internos en este planeta con esfuerzos generados por los cambios estacionales. En la Luna, los sismómetros del programa Apolo demostraron que los lunamotos profundos están modulados por las mareas gravitacionales terrestres en ciclos de 13,6 y 27 días”.
De allí que, concluye, un terremoto no es un simple fallo de la corteza, sino la manifestación de un planeta en perpetua interacción con el cosmos; el pulso de un mundo que se estremece por su calor interno y por la “danza” gravitacional que lo moldea desde su nacimiento. “Esta perspectiva astronómica no reemplaza a la geología, la enriquece, recordándonos que nuestro hogar es, fundamentalmente, un planeta en el universo”. /Prensa Mincyt/Cidata/Celina Sulbarán.







Fotoleyenda: IA/Prensa Cidata
Un terremoto no es un simple fallo de la corteza terrestre
